In memoriam (ochenta y dos años, infinitos eones)

El pasado viernes 15 de marzo fue un día muy especial para todos los lovecraftianos de pro. Y es que se cumplieron nada menos que ochenta y dos años de la muerte del genio Howard Phillips Lovecraft. La muerte de su envoltura terrenal, se entiende, ya que su desaparición física significó, como en muchos otros casos, el nacimiento de un mito imperecedero, el surgimiento de la leyenda de ese autor único e irrepetible que, desde esta y otras plataformas, nunca me cansaré de reivindicar pese a las agudas polémicas surgidas en torno a su personalidad sin par y a su estilo literario, característico e incomparable. Un autor que, como dije hace bien poco, resulta un género en sí mismo. Imposible de encasillar. Inclasificable. Inmortal.

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Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)

Lovecraft es ese autor que se te mete bajo la piel y, desde que profundizas un poco en su obra, no se aparta de ti. Vuelves a sus relatos una y otra vez porque es demasiada la atracción que generan sus descripciones barrocas del reino de Sarnath, aquel paraje verdoso e imaginal en donde una vez cayó la maldición. Porque se vuelve epidérmico su retrato rural de la comarca de Dunwich, donde se instaló el horror. Porque las criaturas batracias de Innsmouth, donde está la sombra, forman parte indeleble del bagaje cultural de cualquier adepto al horror. ¿Quién puede resistirse a indagar por los pasillos de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en busca de ese ejemplar perdido del Necronomicon, o quién puede apartar sus ojos del rito pagano en las catacumbas umbrías de la iglesia innominada de El ceremonial? ¿Cuál de sus millones de lectores no ha sentido la fascinación del Trapezoedro Resplandeciente y la llamada de ese asiduo de las tinieblas? ¿Y la invocación persistente y sensual del ser del umbral? ¿Y los balbuceos de ese que susurra en la oscuridad? ¿Y la dentellada letal del sabueso que despedaza carne humana? Las resurrecciones macabras perpetradas por Herbert West, con su ejército de Lázaros vengativos, o esa esfera de color indescifrable que, un buen día, vino desde el espacio exterior. El mar bravío y los manuscritos prohibidos, la dimensión paralela y los pasadizos injertos en los repliegues del espacio curvo. La degeneración de una comunidad, el mestizaje con seres innombrables, los grimorios, las tablillas repletas de lenguajes cuneiformes… las puertas de R’lyeh, donde Cthulhu espera soñando mientras bambolea sus tentáculos gelatinosos…, esperando, tan solo esperando el último ritual que le devuelva a la superficie…

Sí, es mi autor favorito. Al que vuelvo una y otra vez con la sensación de que estoy leyendo a un escritor que no es ni bueno ni malo, sino sencillamente otra cosa. Tuve el privilegio de impartir una conferencia sobre su figura hace unos años; estuve cerca de dos horas hablando de su vida y de su obra. También me han invitado a participar en programas de radio y en multitud de charlas. Y me supo a poco. Porque siempre quiero más. Relatos inéditos. Cartas. Escritos apócrifos. Narraciones en las que apenas se supone que intervino. Todo me vale, pero nada es suficiente para saciar esta sed de su literatura. Entonces vuelvo a las montañas de la locura o al cuarto preñado de misterios de Charles Dexter Ward, o a volar, perdido el sentido del espacio-tiempo, por las tierras de ensueño de Randolph Carter, en busca de la ignota Kadath. Intento superar las barreras del sueño gracias a las llaves de plata y entre legañas, flipando y adormilado, contemplo la reverberación iridiscente e interdimensional de Yog-Sothoth, la multiforme cadencia en el discurso perverso de Nyarlathotep, la mirada ciega e idiota de Azathoth, que babea y burbujea en el centro del infinito…

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Tumba de H. P. Lovecraft, en el Swan Point Cemetery, Providence, Rhode Island

Ochenta y dos años de mito y leyenda, de dioses y panteones, de horrores cósmicos y criaturas híbridas. Más de ocho décadas que han forjado el canon literario del horror cósmico y que cambiaron para siempre el devenir de los escritos oscuros. Hoy, 18 de marzo de 2019, podemos decir que la sombra del Sumo Sacerdote es quizá más alargada que nunca, y que bajo su cobijo crece un árbol de ficción inconmensurable, un caudal de narrativa lovecraftiana en continua evolución. La esencia se mantiene, los autores se suceden. El horror crece.

Han pasado ochenta y dos años pero la perspectiva en tan vasta, y tan indiscernible el borde de su horizonte literario, que es como si hubieran transcurrido eones. Infinitos eones.

In memoriam.

2 comentarios en “In memoriam (ochenta y dos años, infinitos eones)

  1. Excelente articulo Leandro, el maestro de Providence estaría encantado de tan correctas palabras. Y como lovecraftiano religioso disfruto de cada articulo relacionado con HPL. Saludos desde Argentina

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    • Muchas gracias, Tomás. Cualquier elogio sería insuficiente para recompensar lo que la figura de Lovecraft supone para mi existencia literaria. Muchas gracias por pasarte por este rincón y por dejar aquí tu huella. Un abrazo.

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