Amanecer interrumpido

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El coche color negro humo aparcaba todas las mañanas a la puerta del bloque de edificios. Llegaba antes de cada amanecer con precisión quirúrgica, hasta el punto de que el chirrido de los frenos coincidía con el tañido de la campana de la iglesia del pueblo, que anunciaba las cinco de la mañana.

El vehículo se detenía y permanecía en su puesto hasta que el sol se elevaba por sobre el tejado recto del edificio. Esto solía ocurrir sobre las once de la mañana, y durante esas seis horas de abulia e improductividad el coche permanecía aparcado ante la puerta del bloque, impertérrito, con el motor apagado. Cada sesenta minutos exactos, un teléfono sonaba en un apartamento de la primera planta del edificio. Se trataba de un piso con cortinas púrpura que siempre estaban echadas. No se apreciaba, eso sí, el menor movimiento en el interior, y ninguna otra señal de actividad que no fueran los timbrazos del teléfono, que siempre eran once. El campanilleo daba a entender que se trataba de un receptor bastante antiguo, probablemente de disco. Nadie cogía estas llamadas que se producían cada hora.

Cuando la esfera solar asomaba por encima del tejado del edificio el coche se ponía en marcha y se largaba en la dirección opuesta a la que había llegado. Dejaba tras de sí un ligero penacho de humo azulado y el edificio permanecía en la misma calma inamovible que durante el resto del día. Las horas transcurrían, el disco del sol seguía su carrera imperturbable hacia el oeste y, finalmente, se ocultaba, dando paso a la noche, que resultaba tan calma e insustancial como el día.

La rutina se repitió hasta el hartazgo durante quince largos años. Cada mañana, lloviera, nevara o estuviera despejado, el mismo coche color negro humo aparcaba ante el edificio poco antes del amanecer, coincidiendo su llegada con el tañido de las campanas. Al rato despuntaba el día. Una hora exacta después de su llegada se producía la primera llamada. Once timbrazos en el apartamento de la primera planta que no encontraban respuesta. Una hora más tarde, una nueva llamada telefónica incontestada. Poco antes del mediodía el coche se marchaba. Las puertas y ventanas del edificio jamás se abrieron durante esos quince años. Nunca nadie entró ni salió del bloque durante esos tres lustros de eterno déjà vu. Era un edificio deshabitado, y en cuyos intestinos solo podían adivinarse, desde la prudente distancia del exterior, dos elementos relacionados con la actividad humana: unas cortinas purpuradas que nunca se abrían ni se movían, y un teléfono que nadie contestaba.

Sin embargo, una mañana de otoño ocurrió un hecho inesperado. Después de más de cinco mil días de esta secuencia repetida, alguien cogió el teléfono. La llamada se produjo a las siete de la mañana de un 14 de octubre. Como siempre, el teléfono empezó a sonar, pero al cuarto timbrazo alguien respondió:

―Diga.

Un pequeño tumulto se produjo en el interior del coche color negro humo, sin duda producto de la inesperada respuesta. Se oyeron golpes y forcejeos, y un segundo después el petardeo de un motor. Nunca antes había ocurrido, pero lo cierto es que el vehículo arrancó a toda velocidad y salió de allí como alma que lleva el diablo, dejando sobre la calzada la marca del caucho quemado de los neumáticos. Desde el interior del apartamento de la primera planta se oyó un sordo clic cuando colgaron el teléfono, y pocos segundos después se apreció un ligerísimo y furtivo movimiento en las cortinas purpuradas. Se diría que alguien se asomó al exterior, pero nada alcanzó a verse de esa misteriosa figura.

En cualquier caso, lo más extraño de todo no fue que una voz respondiera a la llamada telefónica, sino el hecho de que el disco del sol se paralizara en su posición, como si fuera incapaz de seguir su carrera ascendente sin la presencia del coche color negro humo aparcado ante la fachada del edificio. Fue un hecho paranormal, inexplicable para cualquier estudio astronómico, pero lo cierto es que el coche nunca más regresó, y el sol, impelido ahora su desplazamiento por la ausencia de este elemento terrenal, permaneció por siempre jamás en esta posición, iluminando a medias el edificio deshabitado, irradiando una débil claridad sobre esas cortinas purpuradas que se habían movido un ápice, y eternamente congelado en lo que, al parecer, continúa siendo un misterio sin explicación: un amanecer interrumpido que, desde la distancia, causa extrañeza y pavor.

 

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