«Sustento»

El pasado 26 de octubre viví el placer de impartir una charla sobre literatura de terror en el I. E. S. Arguineguín, frente a un grupo muy nutrido de alumnos de Bachillerato. Fue un encuentro agradable, con mucho feedback e intercambio, con preguntas inteligentes que destilaban tanto la curiosidad de los asistentes por el género como un genuino interés por acercarse a las obras que comentamos durante la charla.

Como parte de este encuentro, la Biblioteca de Mogán organizó un certamen, el VIII Concurso Literario del Ayuntamiento de Mogán. Se trata de un concurso de relatos escritos por los alumnos que desearan participar, y aquel día me comprometí a incluir el relato ganador en una entrada de El Disparaletras®. Y, como lo prometido es deuda, aquí te lo traigo.

Quien lo escribe es Jeremy Isaac Araña Moreno, un joven de diecisiete años influenciado por Lovecraft, Poe y Stephen King, y cuya imaginación ha florecido a la sombra del cine y las series de terror finiseculares (El proyecto de la bruja de Blair, Walking Dead), pero que también ha bebido de fuentes cinematográficas clásicas, como La noche de Halloween, Los chicos del maíz o El exorcista. El relato que Jeremy presentó, «Sustento», posee muchas cualidades como para tenerse en cuenta como una muestra de lo que puede estar surgiendo en cuanto a terror literario en la mente y en la imaginación de los más jóvenes. Cabe aclarar que este relato pronto verá la luz en una edición impresa, y que cuento con el permiso de los editores para hacerlo público aquí.

Así pues, no soy yo quien viene hoy a disparar letras en este blog, sino Jeremy Araña Moreno. Aquí te dejo, entonces, el sugestivo e inquietante microuniverso de…

 

SUSTENTO

La muerte simplemente es el comienzo

Dios, ese olor a putrefacto me está volviendo loco, aunque no me queda otra si quiero cobrar a fin de mes.

Esta mañana, al empezar mi turno, me encontré con el viejo Basalt tumbado en el pasto. Pensé que estaba durmiendo, pero hace una hora que lo aparté a la basura; si hay algo que me desconcentre más en una biblioteca es el mal olor.

Es extraño, hoy está vacía; normalmente, suelen venir los jóvenes a hacer sus quehaceres de los estudios, y más un lunes. Con el paso de los años, es triste ver cómo en las bibliotecas hay más libros y menos personas. Internet.

Diablos, casi olvido mis pastillas. He de tomarlas si quiero seguir cuerdo para cuando acabe mi turno.

Otra vez ese dichoso olor. Abrí las ventanas y vi a lo lejos al perro, justo donde lo dejé. Buen chico. Pobre Basalt. No tengo ni idea de por qué no se ha ido ese horrible olor. Me dirigí a mi puesto, me tomé las pastillas y retomé mi lectura. A veces, me sorprendo con la mano que tuvo Lovecraft para crear a Cthulhu.

Un señor de gafas y bien vestido entró a la biblioteca, manifestó un gesto de atención hacia mí. Respondí. Se dirigió hacia las mesas principales, desbloqueó el seguro de su cartera de piel negra y extrajo unos documentos. No pasaron dos minutos cuando se acercó a mí.

—Disculpe, ¿podría encender el aire acondicionado? —dijo mientras dibujaba una sonrisa en su rostro.

—Oh, por supuesto —dije amablemente—. Debo ir al almacén; si mal no recuerdo, el mando está allí. Un segundo.

—Muchas gracias, estaba a punto de quedarme en el sitio.

Esbocé una pequeña sonrisa.

—No hay de qué.

Volvió a su sitio y continuó con su trabajo. Al acercarme a la puerta del almacén, noté de nuevo ese maldito olor, aun más desagradable, más insufrible.

Introduje la llave en la cerradura y, con un suave giro de muñeca, hice sonar el clic del pasador. Roté con un segundo giro el pomo. El olor era cada vez más intenso e insoportable. Empujé la puerta, pero no se movió. La golpeé por segunda vez con el hombro, nada. Miré avergonzado al señor, pero parecía no haberse percatado de la situación y mucho menos del olor. ¡Dios, es asqueroso! Al tercer intento, la puerta se abrió estrepitosamente, aunque hubiese deseado que no fuese así.

Al momento de terminar la puerta su recorrido, me recompuse de la inercia. Al alzar la vista, una criatura antropomórfica, que rebasaba mi altura en un par de metros, estaba arrodillada en el habitáculo, junto a la pila de enciclopedias, y me observaba con una sonrisa burlona e inquietante mientras tenía los brazos estirados y apoyados en las últimas baldas de las estanterías.

Yo estaba petrificado. Sus dientes eran como mi antebrazo y sus ojos, completamente negros, penetraban los míos. «Si es verdad que los ojos son el reflejo del alma, espero que los suyos no la reflejen», llegué a pensar. De su piel grisácea supuraba un líquido baboso blanquecino. Un charco de sangre comenzaba a dibujarse debajo de él. El líquido goteaba de su gran boca dentada. Empezó a caminar de cuclillas y no sin dificultad hacia mí. Yo seguía como una completa estatua. Al estar a menos de tres metros, alzó su brazo derecho y comenzó a incrementar su velocidad; sus garras negras cortaban el aire provocando un silbido cortante. Estrelló su mano contra mi cabeza reventándome el cráneo contra la madera maciza. Un sonido seco retumbó en toda la biblioteca. En una décima de segundo, todo negro.

         *    *     *

—¿A qué hora dijo usted que lo tuvo?

—Pues, creo recordar que fue sobre las 12.00 horas. Eso fue lo que me despertó, doctor —dije mientras me colocaba en la silla—. Y desde aquella pesadilla, no se me quita de la cabeza la nana del Coco.

—Jason, sabes perfectamente que estoy aquí para ayudarte. Nos conocemos. Vienes a mi consulta desde mayo del año pasado —dijo mientras consultaba su libreta—. Jason, ¿para qué te levantaste anoche?

—Doctor Belmaco, si he de serle sincero… he recaído.

Jason extrajo una jeringa y un bote de GHB del bolsillo derecho de sus vaqueros rotos. Fue entonces cuando comenzaron a brotarle las primeras lágrimas. Mientras miraba al doctor, se deslizaban las gotas por su degradada cara.

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