El arte de la digresión

Llevaba unos cuantos días enfrascado, entre otros proyectos, en la relectura del Tristram Shandy de Laurence Sterne, y deseando terminarlo para poder colgar una reseña en este blog. Supe que tendría que hacer un comentario casi desde el momento en el que lo empecé a releer, ya que se trata no sólo de una obra clásica de curiosísima factura, sino también de un ejemplo viviente de los límites que puede alcanzar la literatura.

Tristram Shandy, de Laurence Sterne. Madrid, Alfaguara, 2017. 760 páginas

Sterne está considerado como uno de los autores más «libres» de la época clásica, y este apelativo se lo debe, en gran parte, a esta obra monumental, paradigma de un impecable lenguaje aplicado a una historia que, en el fondo, no tiene ningún sentido y que se basa en la habilidad del autor para perderse en absurdas y divertidísimas digresiones que sólo el ojo generoso podrá entroncar con el nudo argumental o trama, un concepto que Sterne se carga aquí sin contemplaciones y que le lleva a demostrar, una vez más, algo que todos sabemos: en literatura, todo vale.

Lo que se supone que vamos a leer es la vida y las opiniones de Tristram Shandy, un personaje del que apenas nada se nos dice a lo largo de las seiscientas páginas del libro, excepto que nació con fórceps, que su nariz fue aplastada en el proceso de parto y que su nombre, Tristram, que su padre detestaba hasta el extremo, le fue adjudicado mediante una serie de desdichas a cuál más disparatada. Durante las primeras trescientas páginas se nos cuentan los prolegómenos de este catastrófico nacimiento, y es entonces cuando uno se pregunta en qué parte del volumen podrá Sterne narrar las auténticas vivencias del protagonista; y es que cada frase es apenas una excusa, un puente, un escalón previo que nos conduce a una historia paralela, a una sucesión de reflexiones, pensamientos y descripciones de caracteres adjuntos a un puñado de personajes deliciosos, todo con un vocabulario rico, culto y magistral.

A medida que los volúmenes se van sucediendo (un total de nueve), tenemos la sensación de que Shandy es consciente de que, a ese ritmo y con esa tendencia a irse por las ramas en cada párrafo, no será capaz de narrar su vida, ni siquiera de darnos sus opiniones. Pero el autor sigue adelante y continúa envolviéndonos en el juego de arabescos y situaciones paralelas que, rozando lo grotesco (un ensayo completo dedicado al tamaño de las narices, y otro referente a las normas del bautismo según la iglesia católica, ¡completamete en latín!), nos encandilan por su delicadeza narrativa y su capacidad para exponer el absurdo.

Laurence Sterne (1713-1768)

Te podría decir que este Tristram Shandy es una obra apta para cualquier lector ligeramente aficionado a los clásicos, pero deberías prestarle especial atención si te dedicas a escribir. Hay mucho que aprender en cuanto a coherencia argumentativa (sostenida por una trama, insisto, vacua y sin sentido), ritmo discursivo y, sobre todo, estructura formal. No sólo sorprende por sus virtudes lingüísticas y sus diálogos chispeantes, sino también por la utilización atípica de la puntuación, una rareza a la cual los ojos se terminan acostumbrando.

Párrafo aparte merece la magnífica edición de Alfaguara que cayó en mis manos, traducida nada menos que por Javier Marías, quien se considera fan incondicional de la obra cumbre de Sterne. Un trabajo sobresaliente, sobre todo a la hora de encarar cierto tipo de argot muy complicado que el autor emplea.

En resumen, una obra completísima, de muy grata lectura, aunque una auténtica rara avis en el mundo de las letras clásicas. Digno heredero de Swift, Cervantes y Rabelais, Sterne da lecciones aquí de cómo utilizar la digresión como arte, regalándonos una perla de la literatura universal cuya lectura te recomiendo encarecidamente.

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