El ausente

Lake-Placid-2

El ajuar funerario era primoroso. Lo habían elegido con mucho criterio. No era un deceso cualquiera, y todos sus familiares lo sabían. Nadie lo esperaba y nadie, en el fondo, terminaba de creerlo. Siempre le habían considerado inmortal, una de esas presencias ineludibles, de esas que parecen sempiternas de puro ancestrales, de puro atávicas. El ataúd de impoluta caoba estaba preparado desde por la mañana, lo mismo que los arreglos florales, la colección de coronas plagadas de epitafios y pomposos tributos verbales, la iluminación a base de luz eléctrica falazmente camuflada en velas artificiales. Incluso estaba sazonado ya el jugoso y nutritivo ágape, para consuelo eventual de los dolientes. Todo el mundo tenía preparadas sus palabras de condolencia para con los deudos más cercanos, así como la frase a rasgar en el álbum de visitas. Nada estaba librado al azar, en lo que parecía una ceremonia cerebral y meticulosamente preparada.

La sorpresa tuvo lugar poco antes de comenzado el funeral, cuando varios de los familiares descubrieron que el difunto, el invitado de excepción, se había ausentado de la ceremonia sin si quiera avisar, y sin que nadie le viera atravesar las puertas del recinto funerario.

Al margen de este hecho aislado, la celebración continuó sin mayores sobresaltos.

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