Saramago y la cuestión de la identidad

Hay lecturas que inevitablemente me obligan a disparar caracteres sin que lo pueda evitar. Suele suceder cuando al cerrar un libro las ideas centrarles de este se quedan grabadas en mi mente y no ceso de buscar conclusiones a todo lo que me han contado, quizá esperanzado en la búsqueda del sentido lógico que suelen expresar la mayoría de los relatos o quizá, yendo más allá, intentando localizar de alguna manera lo que el autor ha querido decir, más que lo que ha dejado escrito en las páginas. Con José Saramago no es la primera vez que me ocurre. Es un autor que consigue perturbar mi curiosidad por la complejidad de los temas que toca y despertar mi admiración por su original y nada convencional estilo, y además me fascina porque detecto, tras la enorme cortina de palabras que ha extendido ante mí, un trasfondo, una intrahistoria, un conglomerado de reflexiones que motivan a sondear el alma humana, o al menos a intentarlo. Pocos autores hay que puedan calar tan hondo, y si se habían apoderado de mí la desesperación tras Ensayo sobre la ceguera y la incertidumbre tras Las intermitencias de la muerte, la lectura de El hombre duplicado no sólo me ha regalado un puñado de horas de excelente literatura, sino que me ha llevado a plantear y replantear diversos aspectos formales de lo que se conoce como «identidad».

9788420465661

El hombre duplicado, de José Saramago. Madrid, Alfaguara, 2002. 408 páginas

Es este un paradigma demasiado complejo como para que lo tratemos aquí, y ha sido tema central en obras literarias desde tiempo inmemorial. Sólo hay que recordar El doble de Dostoievski o «William Wilson», inmortal relato de Edgar Allan Poe, para encontrar enseguida un par de ejemplos previos. En El hombre duplicado Saramago plantea el dilema de la duplicidad de personalidad a raíz de la situación social finisecular. Ambientada en una ciudad sin nombre, de enormes dimensiones y exagerada población, la idea de que un hombre pueda toparse un día con un sosia se insinúa desde los mismos problemas de identidad que, peligrosamente, asoman la cabeza en la monótona y embrutecedora existencia actual. Tertuliano Máximo Afonso, el protagonista, yace adormecido en una realidad abúlica e insustancial. Su carrera como profesor de Historia no le despierta la más mínima motivación, así como erráticos y confusos son sus sentimientos hacia María Paz, una joven con la que sostiene una relación inestable. Una noche, y durante el visionado de una insulsa película de serie B, descubre en la pantalla del televisor a un hombre que es su doble exacto. Esto, lejos de causarle una gran perturbación, introduce por fin un objetivo a alcanzar en su insípida existencia: encontrar a ese hombre que es su copia, su doble, una reproducción absoluta de cada uno de sus rasgos físicos.

A partir de esta premisa el autor portugués desarrolla el relato con la estructura de una narración de intriga en la que el lector tiene acceso a situaciones que por lo inverosímil que es la idea de partida rozan muchas veces el absurdo, pero que ante las inauditas posibilidades que despierta terminan resultando del todo lógicas. Resulta admirable cómo hacia la mitad del relato el problema de la identidad de intensifica hasta el punto de que se vuelve de una importancia relevante establecer mentalmente la distinción entre los personajes. Es entonces cuando surgen las preguntas más inquietantes: ¿Quién es la copia de quién? ¿Quién de ellos es el original? ¿Quiénes somos realmente? ¿Podemos confiar siempre en la imagen que el espejo nos devuelve de nosotros mismos?

José Saramago (1922-2010)

Resulta admirable el juego metaliterario que Saramago plantea durante largos pasajes de la novela. La irrupción del Sentido Común ante varias de las encrucijadas que encuentra el protagonista es como un grito en la oscuridad, la llamada de la cordura ante tanta demencia, ante tanta confusión. El estilo narrativo tiene la firma del autor: capítulos muy extensos en los que apenas se distinguen puntos y aparte; párrafos compactos como ladrillos; sinuosidad en la descripción; pequeñas y contundentes reflexiones insertadas a modo de píldoras filosóficas entre las acciones propias de la narración; puntuación personal en la que brillan por su ausencia las plicas de diálogo y los signos de interrogación y exclamación, así como las asignaciones en los parlamentos de los protagonistas. Todo ordenado de tal manera que, aunque la armonía reina, aunque el equilibrio predomina, exige a la inteligencia y la compenetración del lector, establece con él un juego de ida y vuelta, de complicidad continua, de asistencia atónita ante los hechos. El narrador juega con ellos como un maestro de marionetas y dinamita de un plumazo el concepto de individualidad, dejando claro que en el fondo no somos sujetos exclusivos e intransferibles. Ni siquiera números o posiciones en un orden social. Somos tiempo. Nada más que tiempo.

Si hemos de analizar los aspectos meramente formales del libro, una vez más nos encontraremos con una originalidad en el tratamiento sólo al alcance de los privilegiados de la pluma. Y es que la auténtica grandeza de El hombre duplicado —así como de otras obras de Saramago— radica en que todo lo que se nos está contando forma parte de un conjunto de postulados y cadenas de pensamiento directamente relacionadas con el dilema a tratar, al tiempo que, gracias a la acción dramática, compone las bases de una historia que es pura ficción, puro arte narrativo. Esta combinación, perfectamente equilibrada, bailotea sobre una delgada línea que separa lo real de lo imaginario e introduce al lector en un microcosmos donde el destino de los personajes asume un papel tan azaroso como la inusual situación de partida.

Lectura altamente recomendable si lo que te gusta es darle al coco una vez acabado un libro…, pero cuidado, porque las percepciones ante el espejo puede que te perturben a partir de entonces.

 

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