El Golem: mito y novela

De entre las piezas narrativas que jalonan la literatura de terror en los comienzos del siglo XX sin duda El Golem, la obra maestra de Gustav Meyrink, es un ejemplo vivo de cómo el arte de la novela es capaz de revivir y moldear los elementos de la leyenda y readaptarlos a sus necesidades narrativas. Prototipo clásico de novela sobre el mito creativo, hermana pequeña de Frankenstein y, además, pieza literaria de múltiples y muy variadas lecturas, El Golem cosechó un éxito sin precedentes en la literatura germánica de principios de siglo; esto se debe en parte a que la arriesgadísima estructura de la novela y su caótico argumento forman un conjunto embriagador que produce una especie de hipnosis en el lector, atrapándole irremediablemente en el dédalo de callejuelas y casas derruidas del gueto de Praga en el que se desarrolla la acción. Tomando los elementos fundamentales del mito, Meyrink crea una novela monumental e imperecedera.

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El Golem, de Gustav Meyrink. Madrid, Valdemar, 2014. 352 páginas

Hablemos un poco del mito en sí, que se remonta hasta la edad media del judaísmo y que está basado en diversos elementos de la Cábala. Según la leyenda, Rabbi Judah Loew (1520-1609), conocido como el «Marahal de Praga», era un destacado talmudista, místico judío y filósofo que ejercía como rabino en Praga, la por entonces principal ciudad de la región de Bohemia (hoy, capital de la República Checa). A este místico se le atribuye la creación del Golem, un ser animado fabricado a partir de materia inanimada (barro, arcilla o elementos similares). El mito sostiene que Loew dio vida al Golem para proteger al gueto de los ataques antisemitas, así como para llevar a cabo el mantenimiento de la Sinagoga Alteneuschul («Vieja-Nueva»). El Golem, por definición, carece de alma, y tan sólo es una réplica en vida artificial de la figura humana. Como espejo de la creación de Adán (también insuflado de vitalidad por un Creador a raíz de una figura de barro), el Golem cuenta con fuerza, pero no con inteligencia. El demiurgo puede ponerlo en funcionamiento metiéndole un papel con la orden escrita en la boca, detrás de los dientes, o inscribiendo en su frente la palabra hebrea Emet (Verdad). Para desactivarlo, el creador debe borrar la primera letra E de la frente, dejando entonces el vocablo Met (Muerte en hebreo), con lo cual el Golem vuelve a ser una inocua e inerte masa de barro. En todo caso, el acierto de Meyrink consiste en asirse a unos elementos muy concretos del mito, principalmente a la sentencia que recoge Gershom Scholem en su libro La Cábala y su simbolismo, según la cual el Golem es una figura que cada treinta y tres años aparece en la ventana de un cuarto sin acceso en el gueto de Praga.

Tomando este antecedente como base fundamental de su discurso narrativo, Meyrink elabora una subyugante novela sobre la identidad y la personificación del ser, y en la cual las tribulaciones de su protagonista, el cortador de gemas Athanasius Pernath, devienen en la problemática universal sobre la eclosión del lado oscuro de la personalidad humana. Al mismo tiempo, la extrapolación del drama al microuniverso del agobiante y laberíntico gueto de Praga da forma a una reflexión sobre la conciencia colectiva de los pueblos y la alienación social. El Golem es el doble, el mismo Doppelgänger desde siempre tan querido a la literatura germánica, pero al mismo tiempo es esa figura que encarna a los autómatas humanos que conforman la sociedad moderna. Meyrink establece un marcado mensaje de pesimismo vital con esta analogía, efectuando un retrato de personajes torturados por la miseria, la enfermedad y el encierro espiritual. En cuanto al drama personal, queda retratado a través de la voz en primera persona de Athanasius Pernath, un hombre que no recuerda su pasado y que se siente perseguido por el fantasma de una locura de la que todos sus allegados le hablan. Inmiscuido de forma involuntaria en los asuntos turbios que tienen su origen en los recodos del gueto, Pernath trabará relación con seres abyectos y mal encarados, al mismo tiempo que entre los callejones y las tiendas de la oscura judería de Praga se eleva un rumor de demencia creciente, pues el Golem ha sido visto en esa ventana del cuarto inaccesible en donde la leyenda le ubica una y otra vez…

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Fachada occidental de la Sinagoga Vieja-Nueva de Praga, donde, según el mito, Rabbi Judah Loew creó el legendario Golem

La cadena de pensamientos y reflexiones del protagonista, plasmadas mediante un texto depurado e impecable, se torna intencionadamente caótica y alambicada a causa del misterio mismo que sostiene la existencia de Pernath. Si el Golem es una figura ilusoria y sin autonomía, al tiempo que sin pasado y sin alma, ¿qué seguridad puede tener Pernath de no ser él mismo una encarnación de esa efigie de barro a la que un demiurgo (en este caso representado en el archivero del gueto, un hombre sabio y de cualidades casi mesiánicas) ha insuflado vida? ¿Cómo podemos no poner en duda nuestra imagen reflejada en un espejo? ¿Cómo es posible que la problemática de la propia identidad no nos conduzca a una locura irremediable? Meyrink pone esta y muchas otras cuestiones en boca del protagonista, arrastrando en sus reflexiones al lector. El aire eminentemente kafkiano de toda la novela la emparenta con algunos de los confusos y magistrales dramas del escritor checo, aunque la temática de El Golem resulte, en muchos pasajes, mucho más violenta y escabrosa. El capítulo final, impactante y sobrecogedor, engloba una magistral resolución que eleva la entidad de la novela a terrenos que escapan a lo meramente literario; así, El Golem deviene no sólo en obra maestra de la literatura gótica, sino en objeto de análisis de diversas materias como la filosofía, el ocultismo, la Cábala, la religión o la alquimia.

De su autor, Gustav Meyrink, diremos nació en 1868 en Viena. Ejerció como banquero y financiero, pero un fraude al descubierto acabó con sus huesos en la cárcel y arruinó su carrera. En cualquier caso, pudo vivir posteriormente de su talento literario. No recibió muchos beneficios por El Golem (cometió el error de malvender la novela cuando todavía estaba inacabada, y cuando esta alcanzó un éxito considerable ya no era propietario de los derechos), pero obtuvo importantes beneficios como traductor de las obras de Charles Dickens. Su profundo conocimiento de la literatura dickensiana le permitió emular al genio británico en la descripción de las ciudades, rasgo evidente en la novela que nos ocupa. Debido a una aguda crisis existencial, Meyrink intentó suicidarse a los veinticuatro años, reculando en el último momento. A partir de entonces comenzó a interesarse por los fenómenos esotéricos, tema de gran importancia en su obra literaria. Se casó y tuvo un par de hijos, y murió en Starnberg en 1932. Su nombre pasó a la inmortalidad gracias a El Golem, en parte porque la novela, que vio la luz en 1915, fue repartida en formato bolsillo entre los soldados del frente durante la Primera Guerra Mundial.

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Gustav Meyrink (1868-1932)

Como novela de corte gótico resulta un ejercicio fascinante, y una de esas obras que involucran al lector de forma irremediable. La estructura elíptica del argumento y la arquitectura enrevesada y laberíntica del escenario (en connotación directa con los retorcidos ejercicios de reflexión de su protagonista) subyugan y provocan un desasosiego que sólo será redimido al llegar al último recodo, a esa última página en la cual, como una sombra agazapada, espera el Golem, esa figura de arcilla sin autonomía aparente que, tal vez, sea un trasunto directo de nuestra propia imagen.

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