Robert Blake: paradigma de intertextualidad

De los relatos pertenecientes a los Mitos de Cthulhu creo que los tres que componen el fascinante tríptico ambientado en Federal Hill, y a los que se conoce como «Ciclo de Robert Blake», son los que de forma más evidente se erigen como un símbolo genuino de lo que es la intertextualidad siempre relacionada con este tipo de relatos, piezas narrativas en las que la correlación entre los miembros del Círculo se hacía más patente. Me refiero a «El vampiro estelar», «El asiduo de las tinieblas» y «La sombra que huyó del chapitel». De los tres, sólo el segundo de ellos es obra de H. P. Lovecraft. Los otros dos, los que abren y cierran la trilogía, fueron un producto genuino de uno de los discípulos más aventajados del Sumo Sacerdote: el inigualable Robert Bloch.

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Robert Bloch (1917-1994)

Todos conocemos a Bloch como el autor de Psicosis, celebérrima novela de terror que Alfred Hitchcock convertiría en obra maestra del cine en 1960, pero Bloch es también uno de los escritores de terror más destacados del siglo XX y el puente directo, junto con Richard Matheson, entre la generación que formó el Círculo de Lovecraft y los autores del género que surgieron después, con Ramsey Campbell y Stephen King a la cabeza. De hecho, Bloch fue el más joven y probablemente el más querido por Lovecraft de entre los miembros de aquella maravillosa cofradía. Su presencia entre las nuevas generaciones le convirtió no sólo en una leyenda literaria, sino también en una especie de apóstol Pablo de la religión lovecraftiana. La veneración de Bloch por el maestro era, como fácilmente podemos imaginar, ilimitada. Hasta tal punto que ideó un relato en el que se permitía «matar» a un personaje directamente inspirado en Lovecraft, pero antes de ponerse a ello solicitó el permiso del Solitario de Providence. La respuesta de H. P. L. fue la siguiente:

A quien pudiera interesar:

Certifico que el señor Robert Bloch, de Milwaukee, Wisconsin, EE.UU.,
reencarnación de Mijneheer Ludvig Prinn, autor del De Vermis Mysteriis,
queda plenamente autorizado para retratar, matar, aniquilar, desintegrar,
transfigurar, metamorfosear o maltratar al abajo firmante
en el cuento titulado «El Vampiro Estelar».

Firmado,
H. P. Lovecraft

Tan genial como siempre, ¿no te parece? Lo cierto es que Bloch se lanzó a la redacción del relato «El vampiro estelar» («The Shambler from the Stars»), que nos cuenta la llegada del narrador (del que no se menciona su nombre) a Providence, en visita a un corresponsal del que tampoco sabremos su denominación, pero que por su descripción física y costumbres resulta ser un trasunto del propio Lovecraft. La historia se desarrolla en torno al misterio que suscita el volumen que H. P. L. menciona en su nota de autorización: De Vermis Mysteriis (Los Misterios del Gusano), uno de los tantos grimorios o libros prohibidos que pueblan la literatura de los Mitos. A raíz de una serie de invocaciones y conjuros, el residente de Providence convoca la presencia de una fuerzas invisibles que, a posteriori, terminarán por encarnarse en una especie de parásito estelar invisible. El clímax final se desenvuelve con gran tensión hasta alcanzar un desenlace verdaderamente espeluznante. Es digna de admirar la imaginería desatada y la descarnada violencia de las escenas finales, en las que un jovencísimo Bloch se muestra como un narrador audaz y sumamente arriesgado. Con todo, y pese a la gran entidad del relato, hay que se decir que probablemente su calidad esté un peldaño por debajo de la que atesoran las otras dos obras que componen el tríptico. «El vampiro estelar» vio la luz en Weird Tales, en el número de septiembre de 1935.

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Weird Tales. Número de septiembre de 1935, donde fue publicado por primera vez «El vampiro estelar», de Robert Bloch

Pero la cosa se pone realmente interesante cuando, dos meses después de publicar Bloch este relato, Lovecraft le devuelve la pelota escribiendo la continuación de la historia. Hablamos de «El asiduo de las tinieblas». Este relato, titulado en inglés “The Haunter of the Dark”, ha sido publicado en castellano bajo diversos títulos («El huésped de la negrura», o en ocasiones «El morador de las tinieblas»; en todo caso, la traducción más fiable es la de Francisco Torres Oliver). Más allá del ingenioso quid pro quo que Lovecraft establece con su amigo Bloch, el hecho trágico-simbólico es que nos encontramos ante el último relato de H. P. Lovecraft, con todo lo que eso significa. Es justo decir que aunque los orígenes de la trama son atribuibles a Bloch, la perfecta construcción narrativa del relato y su atmósfera angustiante y enfermiza representan un magnífico corolario a una carrera literaria asombrosa. En esta narración, Lovecraft otorga por fin un nombre al hasta ahora anónimo narrador de «El vampiro estelar», y no tiene mejor idea que llamarle Robert Blake. Y ya que Bloch le ha «matado» en su relato, H. P. L. se encarga de brindar al bueno de Blake un horripilante deceso frente a la ventana de la posada en la que se hospeda, mientras contempla a ese «huésped de la negrura» que ha huido desde lo alto del chapitel de la iglesia de Federal Hill, donde ha morado desde tiempo inmemorial.

Este relato es uno de los mejores que escribió el maestro durante su etapa final, ambientado en una atmósfera histérica y supersticiosa, y poblado de inmigrantes agoreros y aprensivos. Lovecraft efectúa una especie de juego detectivesco que articula a la perfección con el misterio que envuelve a toda la trama. El joven Robert Blake, escritor y poeta, se traslada a Providence tras la espeluznante muerte de su amigo (la que se narra al final del primer relato). Una vez allí, se siente cautivado por las vistas a las que tiene acceso desde la ventana de su estudio, y especialmente por la presencia de la cúpula ennegrecida de una iglesia ancestral y abandonada. Medio hipnotizado por el misterio, acude al templo en ruinas y descubre allí los restos de un periodista que, años atrás, también ha indagado en la incógnita y que, al parecer, ha encontrado un horrible desenlace. Pero además del cadáver del periodista, Blake hará un descubrimiento aun más importante: el Trapezoedro Resplandeciente, un amuleto mediante el cual invoca, de forma involuntaria, a la criatura mitológica que anida en la penumbra impenetrable del chapitel. Ante los sucesivos cortes de energía eléctrica que se producen en las cercanías de Federal Hill, Blake inicia la desesperada redacción de un diario, al tiempo que los supersticiosos habitantes del pueblo se reúnen en torno a la iglesia portando velas y lumbres para, de esta forma, impedir que la criatura escape a través del manto de oscuridad. La muerte de Blake, anunciada casi desde el principio, supone uno de los momentos más álgidos de toda la literatura de terror del siglo XX. Lovecraft escribió «El asiduo de las tinieblas» en tan sólo cuatro días (entre el 5 y el 9 de noviembre de 1935), y el relato vería la luz un año más tarde, en la edición de diciembre de 1936 de Weird Tales. Tres meses después, el Abuelo se nos iba de este mundo hasta los confines cósmicos. Huelga aclarar que esta obra maestra de Lovecraft es el mejor de los tres relatos. Evidencia una construcción minuciosa, un manejo insuperable del suspense como motor narrativo y posee, como de costumbre, unas descripciones absolutamente magistrales.

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Weird Tales. Número de diciembre de 1936, donde fue publicado por primera vez «El asiduo de las tinieblas», de H. P. Lovecraft. Obsérvese que en este tomo de la revista se publicó también la maravillosa novela corta de Robert E. Howard El fuego de Asurbanipal

El asunto bien podría haber acabado aquí, con este fascinante tête à tête entre maestro y discípulo, pero es entonces cuando Robert Bloch decide dar una vuelta más a la tuerca sacándose de la manga un tercer episodio, titulado «La sombra que huyó del chapitel» (“The Shadow From the Steeple”). Y aquí, hay que decirlo, el autor de Chicago perpetra una absoluta genialidad, uno de los relatos más terroríficos y sobrecogedores de todos los que surgieron en el seno del Círculo de Lovecraft. Muerto Blake en el episodio anterior, en este caso el protagonista es Edmund Fiske, de Chicago, Illinois, quien acude a Providence para intentar desentrañar el misterio en torno a la muerte de su amigo Robert Blake. Y lo hace recién en 1950, es decir, quince años después del incidente, por diversos motivos que se narran con gran detalle en el relato. En esta obra Bloch rompe con gran habilidad narrativa la epidermis que separa la realidad de la ficción, convirtiendo en arte macabro un soberbio juego de intertextualidad. H. P. Lovecraft es ahora uno de los personajes del relato, un escritor retraído de Providence en cuyas obras Fiske cree poder seguir un rastro que le conduzca hasta la resolución del misterio. Así, personas reales y ficticias combinan sus esencias ontológicas en la urdimbre del relato, dotándolo de un aparato de realidad verdaderamente asombroso. Hay que decir que Bloch escribió esta pieza en 1950, es decir trece años después de la muerte de Lovecraft, y cuando ya se había convertido en un narrador maduro y consagrado. Lo cierto es que esta consolidación estilística se deja ver en la construcción del relato, que empieza con una muy apropiada y necesaria recapitulación de todo lo que ha acontecido en los dos episodios anteriores. Fiske regresa a Federal Hill persiguiendo al doctor Ambrose Dexter, el médico que certificó la muerte de Blake y quien supuestamente se deshizo limpiamente del Trapezoedro Resplandeciente. El doctor Dexter no solo es la llave para acceder al misterio, sino que es el único que queda con vida de entre quienes se vieron involucrados en la muerte de Blake. El problema es que Fiske no encuentra sino unos pocos vestigios de la pesadilla, aunque finalmente, y cuando consiga dar con el doctor Dexter, descubrirá que el horror no ha acabado ni mucho menos, y que la criatura que huyó del chapitel está más viva que nunca.

Quisiera destacar el impresionante combinado de material literario que Bloch pone en práctica durante el desarrollo del relato, asiéndose no sólo a las premisas que dieron forma a los dos episodios anteriores, sino también a muchas otras referencias a relatos de Lovecraft que resultan muy interesantes como ingredientes narrativos en la resolución de la trilogía. Especial interés tiene la utilización de los versos del poema Nyarlathotep, publicado en 1931. Se trata del soneto número 21 del poemario lovecraftiano Hongos de Yuggoth, y dice tal que así:

Y el fin vino del interior de Egipto

el extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,

pero al marcharse no podían repetir lo que habían oído;

mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia

de que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

 

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;

tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;

se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron

sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.

Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,

el Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.

 

La forma en la que Bloch se aprovecha de la connotación eminentemente oscura de estos versos y cómo los utiliza con fines narrativos evidencia la maestría que sus habilidades literarias habían alcanzado por entonces. El lector se encontrará en las postrimerías de este relato, y por ende de la trilogía, con un final verdaderamente aterrador, muy impactante por la correctísima utilización de todas las premisas y los antecedentes que fueron jalonando todo el corpus narrativo del ciclo.

Estos tres relatos se pueden encontrar en muchas antologías de diversas editoriales, pero creo que la forma más adecuada de leerlos es entre las páginas 243 y 312 del libro Cthulhu. Una celebración de los mitos, editado por Valdemar en 2004 y reeditado por la misma editorial en 2015, en su colección Gótica. Allí los puedes encontrar, uno detrás del otro, en una inteligentísima seguidilla.

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Cthulhu. Una celebración de los mitos, de H. P. Lovecraft y otros. Madrid, Valdemar, 2015. 704 páginas

Los Mitos de Cthulhu siempre han mostrado tendencia a jugar con la intertextualidad, haciendo realidad la premisa de su inspirador, H. P. Lovecraft, de que la vida a través de la literatura podía servir no sólo como catalizador de las inquietudes existenciales más profundas de sus autores, sino como un juego, un divertimento exteriorizado a través del arte literario. Y creo que el «Ciclo de Robert Blake» ha resultado ser el paradigma supremo de esta dinámica de ida y vuelta entre corresponsales, autores, amigos, personajes, libros prohibidos, leyendas vivas y mitos paganos. La lectura conjunta de estas tres narraciones magistrales nos sumerge de lleno en el oscuro universo lovecraftiano y en la esencia de una de sus más célebres criaturas.

Por hoy hemos terminado, pero no olvides dejar las luces encendidas. Recuerda que la oscuridad es la morada preferida del asiduo de las tinieblas, ese al que las bestias se acercan para lamerle las manos…

2 comentarios en “Robert Blake: paradigma de intertextualidad

  1. Pingback: Un ser en el umbral… y un asiduo en las tinieblas | El Disparaletras®

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