Fantasía sexual con Lucy Westenra

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No era una esposa adúltera como Bovary, Karenina o Lady Chatterley. Ni siquiera una recatada voluptuosa y apetecible como la incomparable Anita Ozores. No. Era una núbil doncella, una virgen curiosa, una flor rebosante de candor que gustaba de pasearse por el cementerio, por la tenebrosa abadía de Withby, y que contemplaba lápidas y losas y se maravillaba ante el mugido de las vacas. Su sonambulismo. Eso era lo que más fascinaba de ella. Ataviada solo con su blanco camisón, medio transparente, dejaba que la niebla nocturna envolviera su cuerpo delicioso y espigado, y sus ojos cerrados temblaban tras los párpados rosados. Su pelo castaño ondeaba al viento suave y cálido de finales de agosto mientras se aposentaba, laxa, sobre la lápida falaz, anhelando quién sabe qué compañía. Su tierna virginidad era un reclamo de voluptuosidad, una llamada al pecado, un grito de deseo.

La noche tenía su nombre: Lucy. Lucy Westenra. Una dulce muchacha de veintitrés años con la que soñar y fantasear, con la que imaginar noches de viva sensualidad, con la que procurar una vil mezcla corporal de cimiente, sangre, sexo y violencia. Era para devorarla. Para devorarla viva.

La sombra se cernió sobre ella. No una noche, sino varias noches. Innumerables noches. La sombra llegó en un barco a la deriva, en forma de perro feroz, y se ocultó entre los matorrales salvajes de la abadía, entre la penumbra de los panteones, entre las telarañas de las grutas de Whitby. La sombra la poseyó y arrebató su virginidad con brutalidad. No la disfrutó ni la hizo participe de un armonioso rito de iniciación, sino que la empaló con su descomunal fuerza ultraterrena, y su risa carcajeó a la luz de la luna, mientras los perros de la noche acunaban los gritos de dolor con aullidos lobunos. Los dientes blancos refulgieron y se hincaron en su cuello terso, tan deseable, y su sangre manó y su sexo padeció dolores y placeres por igual.

Qué fácil se vuelve fantasear con Lucy Westenra y desearla más que a cualquier otra criatura viva entre las páginas. Pergeñar fantasías con su cuerpo…, incluso cuando este yace sobre el altar de mármol de un gélido panteón: su corazón atravesado por una estaca astillada, su cabeza separada del cuerpo, sus ojos abiertos al horror de la destrucción… Y su boca… ¡su boca deliciosa y ávida de pecado, monstruosamente repleta de ristras de ajo!

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