Borges, la estética involuntaria

Sumergirme en la Poesía completa de Jorge Luis Borges ha significado una de las experiencias lectoras más gratificantes que he tenido. Sin sorpresas en cuanto a la perfección formal y a la precisión quirúrgica de su terminología (mal conoce a Borges el que se sorprende ante estos prodigios lingüísticos), el amplio recorrido que emprendí de su obra poética al completo despertó en mi alma todo aquello que tiene que ver con Buenos Aires y con la tierra que me vio nacer, tan lejana ahora en cuestiones cronológicas y espaciales, pero siempre presente en mi corazón.

El repaso atento de los versos que componen sus trece poemarios nos ofrece una enorme variedad estilística y temática, pero resulta admirable cómo desde el primer libro (Fervor de Buenos Aires, 1923) hasta el último (Los conjurados, 1985) detectamos en la destilación lírica de las composiciones al mismo hombre, a la misma persona: el muchacho de letras insaciable y ambicioso de saber se convierte en el Gran Inquisidor, en el sabio universal, en el conocedor de todas las culturas del pasado y del presente y de todos los entresijos del pensamiento humano, pero en ese lapso enorme de más de sesenta años pervive y permanece el mismo espíritu, la misma esencia ontológica de la persona que fue, es y será Jorge Luis Borges.

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Poesía completa, de Jorge Luis Borges. Barcelona, Destino, 632 páginas

El volumen se abre con una trilogía puramente criolla: Fervor de Buenos Aires (1923) contiene los ecos de una adolescencia todavía cercana; nos habla de zaguanes, aljibes y paredones, de esos arrabales del Sur tan recurrentes en su literatura, de las primeras referencias al mártir Francisco Borges. Le sigue Luna de enfrente (1925), donde vuelve a prodigarse en argentinismos y en esa nostalgia juvenil por lo cercano, por la efusión del terruño tras el reencuentro. Cuaderno San Martín (1929) nos muestra a un Borges más oscuro, y en cuyas páginas encontramos un díptico dedicado a los dos recintos funerarios de referencia de nuestra ciudad: “La Chacarita” y “La Recoleta”, inolvidable conjunto de versos en apología a una Muerte que, ya desde épocas tan tempranas, tanto le preocupó.

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La impresionante necrópolis de Chacarita, uno de los cementerios inmortalizados por Borges en “Muertes de Buenos Aires”

Más de treinta años iban a transcurrir hasta el siguiente poemario: El hacedor (1960). Aquí afloran (o apenas se vislumbran) algunos de los inconcebibles límites que alcanza su bagaje cultural, profundamente enriquecido durante las tres décadas del impasse. Referencias a citas bíblicas, al infierno dantesco, al mundo cervantino y al atisbo de realidades orientales tras unos gráciles tapices componen una colección realmente maravillosa. En El otro, el mismo (1964) surge el siempre recurrente problema de la identidad, tan caro a la literatura borgiana, y comienzan las primeras referencias a la gran maldición que devastó los años de su madurez: la ceguera. Para las seis cuerdas (1965) es un delicioso compendio de milongas rimadas para su recitación acompañada de guitarra. Es uno de los poemarios más entrañables de todos los que compuso el maestro, sembrado de referencias gauchescas y reminiscencias a ese “mundo malevo” que nos ofreciera en tantas piezas geniales de prosa, como “El muerto” o “El Sur”. La poesía rimada de este volumen no arroja la más mínima partícula de ripio a los ojos del lector. Elogio de la sombra (1969) se erige como una de las colecciones de poemas más sobrias y equilibradas de todo el compendio; encontraremos la referencia fresca y periódica al río de Heráclito, versos dedicados al pueblo de Israel y, especialmente, al contacto místico en la relación ente un lector y el objeto de su lectura. El volumen finaliza con el poema que da título a la colección, uno de los más celebrados de toda la lírica borgiana. El oro de los tigres (1972), contiene algunas composiciones prosísticas; continúan las referencias a su cada vez más aguda ceguera y a la cercanía inquietante de una Muerte susurrante, un espacio incógnito y ampliamente especulativo. Surgen también los versos dedicados a la lengua sajona y a las sagas islandesas, que por aquel entonces Borges empezó a indagar en compañía de María Kodama. La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976) e Historia de la noche (1977) nos traen al Borges del reposo, al autor otoñal que ha asumido su papel pasivo en la existencia, sumergido ya totalmente en la penumbra de una ceguera total y tanteando las maravillas a su alrededor, todavía con el asombro juvenil por lo desconocido y por los confines asimétricos de su inabarcable universo mental. La cifra (1981) y Los conjurados (1985), a modo de resumen, transmiten las inquietudes del Borges final y, quizás, del Borges más cercano.

Jorge Luis Borges fue un autor que durante la mayor parte de su discurso renegó del concepto de “estética”, si bien es cierto que es un tema que le preocupó hondamente, como queda manifestado en muchos de sus ensayos, principalmente en El tamaño de mi esperanza (1926). Borges siempre declaró no considerarse propietario de una estética, seguramente por la amplitud insondable de su universo cultural, de una magnitud prácticamente cósmica. Por eso creo que, especialmente en su obra poética, Borges estableció una estética inconfundible a su pesar, y casi de forma involuntaria. La conjunción entre lo pequeño y lo universal, entre lo sencillo y lo complejo, la perfecta armonía en la convivencia entre lo tangible y lo inasible, entre lo recto y lo cíclico, lo cartesiano y lo profundamente abstracto. En resumen: el compendio universal del pensamiento humano y su manifestación lírica impecable es lo que, a mi modo de ver, constituye el corpus de su estética, un apabullante calidoscopio de manifestaciones materiales, culturales y metafísicas entre las que sobresalen algunos elementos recurrentes (el laberinto, el espejo, la espada, la clepsidra, el ajedrez).

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Borges, el mundo y la literatura; tres partes de un todo indivisible. La esencia de una estética involuntaria

La editorial Destino ha tenido el excelente criterio de reunir la poesía completa de Borges en un solo tomo, de preciosa encuadernación. Este libro es, lo puedo asegurar, uno de los mayores tesoros de mi biblioteca, y al que no creo que tarde en regresar.


Quisiera dedicar este artículo (apenas un intento humilde de aproximación a una obra poética monumental) a mi prima Sandra Noemí Agopián, a quien admiro profundamente y quiero con todo mi corazón. Tu entusiasmo y devoción por el gran maestro de nuestras letras es muy contagioso, prima. Víctor Hugo escribió una vez: “Seré Chateaubriand, o no seré nada”. En nuestra lengua, aunque resulte muy osado, se puede decir “seré García Márquez”, “seré Cortázar” o “seré Onetti”, pero es evidente que nunca, nunca jamás se puede decir “seré Borges”… Uno acaba comprendiendo, finalmente, que es mucho más factible ser Nada.

 

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One thought on “Borges, la estética involuntaria

  1. Borges, a quien admiro profundamente, por ahondar en su literatura, en su palabra, en sus grafemas. He recorrido sus pasos en el laberinto borgeano, he conocido su prosa, sus versos, su familia, sus miedos y fortalezas. He tenido el atrevimiento de llegar mas allá para entender sus intrincadas Ruinas Circulares, La biblioteca de Babel. Hasta entender su estilo, la vida misma. Gracias primo por traerme aquí entre tus letras, sos mi orgullo. Siempre lo serás. Te quiero!

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