El testamento de Stoker

Como resulta obvio, Bram Stoker (1847-1912) ha alcanzado la inmortalidad por ser el autor de Drácula, probablemente la novela de terror más importante jamás escrita. El resto de su obra, bajo la augusta y gigantesca sombra que arrojan las aventuras del celebérrimo conde, parece perderse en una suerte de espesa bruma de desconocimiento por parte del gran público. Por eso es de agradecer, una vez más, la gran tarea de la editorial Valdemar, que nos acerca en su catálogo buena parte de la producción literaria del autor irlandés. En este caso, su última novela, culminada en 1911, un año antes de su muerte: La madriguera del Gusano Blanco: una historia gótica con ciertas reminiscencias a Arthur Machen (por la hábil mezcla de folclore y supersticiones druidas, britanas y romanas), con un desarrollo minucioso y un final sencillamente espeluznante.

“La madriguera del Gusano Blanco”. Madrid, Valdemar, 2001

Stoker narra en esta novela la historia de un gusano prehistórico que sobrevive al paso de los milenios en «La Arboleda de Diana», un solar en el que cohabita con la figura sensual e irresistible de Lady Arabella March, una deliciosa vampiresa devora-hombres. A la zona llega Adam Salton, joven aventurero australiano que visita a su tío, a la espera de heredarle. La historia se desarrolla en torno a la lucha que Salton emprende junto a sir Nathaniel, un anciano experto en la historia y prehistoria de la zona, para acabar con el maligno Gusano Blanco, que ha abierto una gigantesca madriguera en las profundidades de «La Arboleda de Diana».

De estructura sencilla y con apenas un puñado de personajes, La madriguera del Gusano Blanco recupera buena parte de la tradición gótica clásica, mixturando sus elementos con otros eminentemente arraigados en las modificaciones que el género de terror comenzaba a presentar a principios del siglo XX, donde, tras la irrupción de Lovecraft, daría un giro de ciento ochenta grados hacia las facetas cósmicas y de horror materialista que configuraron las bases temáticas décadas después. En este caso, Stoker se anticipa con la inclusión de una criatura medio mitológica, medio bíblica, pero siempre en el entorno de pesadilla enfermiza del que dota a la atmósfera, con su carga de tradiciones y residuos de civilizaciones pretéritas (el asentamiento y la cueva del monstruo se erigen sobre las ruinas de un antiguo convento). Así, el autor consigue aunar dos mitos de enorme peso en el desarrollo de la tradición gótica: el monstruo prehistórico moderno (encarnado en la figura bíblica del Dragón del Apocalipsis) y la clásica entidad de la mujer-serpiente, todo en un mismo y monstruoso ser. La historia está hábilmente salpicada de soterradas referencias sexuales, muy del gusto del autor.

Bram Stoker (1847-1912)

La historia se mueve a un ritmo a ratos quizá un poco elevado, lo cual deriva en un pequeño déficit: la inclusión de alguna subtramas que, en mi opinión, no alcanzan un desarrollo del todo satisfactorio. Eché en falta alguna peripecia más del perverso negro Ulanga, o alguna trastada más de las mangostas caza-serpientes que el protagonista suelta en medio de la foresta hacia el principio de la novela. En todo caso, desde luego, se trata de una obra extraordinaria, una novela que fascina y atrapa y que representa un muestrario válido y sumamente consistente de la capacidad del gran Stoker para la construcción de tramas y la concatenación de elementos góticos clásicos con otros más modernos. Una forma de adentrarse en su fina literatura, alejados por una vez del castillo transilvano y de los salones británicos donde tiene lugar la más famosa de sus novelas.

 

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